Palíndromo
Vicente Aleixandre ⚗

Poemas de Vicente Aleixandre para el calor

♌ Eduardo Yael
26 de abril de 2022
🜩

Vicente Aleixandre (26 de abril de 1898 - 13 de diciembre de 1984)

La primavera avanza y detrás de cada día hay un calor fulminante que ahoga cualquier intento de movilidad, tus poemitas escondidos en tu libreta se derriten solos y ninguno de los helados de Häagen-Dazs será suficiente para dimitir de la idea de un futuro colapsado, imposible de sortear junto a un simulacro cotidiano del apocalipsis. ¿Queda espacio para la poesía en plena temporada de primavera 2022? ¿Qué atuendos nos recomiendan los críticos literarios? Ante la tentativa del fin del mundo, apuesto por usar trajes ajustados y colores nostálgicos, colores eriales que sean plácidos. En cuanto a lo primero, lo lamento, la poesía está muerta junto a todo intento de resurrección como los recientes festivales del Día Mundial de la Poesía (dmp), Poesía por Primavera (3p) y el Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor (dilda), la poesía —esa viejita vestida con trajes victorianos que sólo habla locuras— ha quedado difunta pues ahora será Tik Tok quien tiene la misión de reproducir nuestro relato humano. Esto es real si volteamos a autores cuya propuesta viene acompañada de bochornos —cringe en lengua vulgar y nueva—, entre estos autores está, por ejemplo, la poeta joven y diminuta Paola Llamas Dinero cuyos versos no reproduzco aquí debido a que hoy logré safarme un poco del calor (🍺) y leo, desde el primer escalón de la pirámide del canon, al gran Vicente Aleixandre.

Ya hemos hablado y mostrado nuestros saludos a los principios que formaron a la Generación del 27. Ya hemos bebido las aguas turbias de estos escritores que con justicia —ya que la justicia es escrutinio social y absoluta en prejuicios— se tildan como autores rancios; es decir, con la fotito que vemos de Vicente Aleixandre no podemos culpar que así sea: peloncito, viejo, los ojos francos y llenos de fracasos y, más importante, cansado:

Vicente Aleixandre

Todo lo anterior es contrario a nuestro mundo contemporáneo y para encender un poco más el asunto, este versito lo escribió don Vicente: Las damas aguardan su momento sentadas sobre una lágrima. “¡Pero qué feo escribe Vicente Aleixandre!”, dirían algunos lectores acalorados, pero lo anterior sólo es un fragmento y como todo montaje sin contexto, sus retazos pueden ser materia manipulable para trocar y desarticular. Apuntando con mayor precisión, el verso anterior es parte del rechazo de Vicente Aleixandre hacia las formas anquilosadas que se reúnen en su poema ‘Vals’: Eres hermosa como la piedra / oh difunta, pues este artificioso baile ignora el vello de los pubis, / ignora la risa que sale del esternón como una gran batuta. En lo anterior hay una explicación de lo que podría ser ‘la vigencia de la poesía’ al resistir el artificio de la alta sociedad que baila y se deleita de la vida; sin embargo, recordemos que nuestra viejita ya está difunta y, aparte, la gente supone que la poesía se expresa ininteligible. ¿Entonces?

¿Entonces?
Sí, poeta; arroja este libro que pretende encerrar en sus páginas un destello
del sol,
y mira a la luz cara a cara, apoyada la cabeza en la roca,
mientras tus pies remotísimos sienten el beso
postrero del poniente
[...]

Aleixandre, Vicente. El poeta

Entonces hoy se cumple el aniversario 124 de Vicente Aleixandre, un poeta que tuvo el arpón juvenil para abrir en las páginas presagios y tintas de sentimientos; arpón que fue mutilando hasta convertirlo en la llave de su casa donde decidió convertirse en un ermitaño; quizá desengañado del futuro, de la cercanía humana o de sobre su propio reflejo; lo cierto es que tal encierro coincide con su estilo poético: distante, coherente aun cuando pone sus vísceras al fuego y con un tono crítico. Si bien, lo primero que las biografías marcan sobre la vida de Aleixandre es que ganó el Premio Nobel de Literatura (pn-l) en el año 1977; creo que eso no es el punto cumbre de su vida, es algo más sencillo y común pues no existe sólo un punto álgido en la vida de cualquier persona, es más una invitación que el propio poeta describe en el fragmento anterior: pretender encerrar en las páginas un destello del sol para tirar ese artificio literario. Desde allí veo más real a Aleixandre al haber fatigado su recorrido junto a otras voces tanto de la Generación del 27 como de otras generaciones predecesoras. Si se quiere, eso parece estar dentro de su discurso de aceptación del pn-l:

Pues, sin duda, poesía, arte, es siempre y ante todo, tradición, de la que cada autor no representa otra cosa que la de ser, como máximo, un modesto eslabón de tránsito hacia una expresión estética diferente; alguien cuya fundamental misión es, usando otro símil, transmitir una antorcha viva a la generación más joven, que ha de continuar en la ardua tarea.

Aleixandre, Vicente. Discurso al rcibir el Premio Nobel de Literatura de Vicente Aleixandre

Para quién escribo

I
¿Para quién escribo?, me preguntaba el cronista, el periodista
o simplemente el curioso.

No escribo para el señor de la estirada chaqueta, ni para su bigote
enfadado, ni siquiera para su alzado índice
admonitorio entre las tristes ondas de música.

Tampoco para el carruaje, ni para su ocultada señora
(entre vidrios, como un rayo frío, el brillo de los
impertinentes).

Escribo acaso para los que no me leen. Esa mujer que
corre por la calle como si fuera a abrir las puertas
a la aurora.

O ese viejo que se aduerme en el banco de esa plaza
chiquita, mientras el sol poniente con amor le toma,
le rodea y le deslíe suavemente en sus luces.

Para todos los que no me leen, los que no se cuidan de
mí, pero de mí se cuidan (aunque me ignoren).

Esa niña que al pasar me mira, compañera de mi
ventura, viviendo en el mundo.

Y esa vieja que sentada a su puerta ha visto vida,
paridora de muchas vidas, y manos cansadas.

Escribo para el enamorado; para el que pasó con su
angustia en los ojos; para el que le oyó; para el que
al pasar no miró; para el que finalmente cayó cuando
preguntó y no le oyeron.

Para todos escribo. Para los que no me leen sobre todo
escribo. Uno a uno, y la muchedumbre. Y para los
pechos y para las bocas y para los oídos donde, sin
oírme, está mi palabra.
II
Pero escribo también para el asesino. Para el que con
los ojos cerrados se arrojó sobre un pecho y comió
muerte y se alimentó, y se levantó enloquecido.

Para el que se irguió como torre de indignación, y se
desplomó sobre el mundo.

Y para las mujeres muertas y para los niños muertos,
y para los hombres agonizantes.

Y para el que sigilosamente abrió las llaves del gas y la
ciudad entera pereció, y amaneció un montón de cadáveres.

Y para la muchacha inocente, con su sonrisa, su corazón,
su tierna medalla, y por allí pasó un ejército de
depredadores.

Y para el ejército de depredadores, que en una galopada final fue a hundirse en las aguas.

Y para esas aguas, para el mar infinito.

Oh, no para el infinito. Para el finito mar, con su limitación
casi humana, como un pecho vivido.

(Un niño ahora entra, un niño se baña, y el mar, el
corazón del mar, está en ese pulso.)

Y para la mirada final, para la limitadísima Mirada Final,
en cuyo seno alguien duerme.

Todos duermen. El asesino y el injusticiado, el regulador
y el naciente, el finado y el húmedo, el seco
de voluntad y el híspido como torre.

Para el amenazador y el amenazado, para el bueno y el
triste, para la voz sin materia
y para toda la materia del mundo.

Para tí, hombre sin deificación que, sin quererlas mirar,
estás leyendo estas letras.

Para tí y todo lo que en ti vive,
yo estoy escribiendo.

El fuego

Todo el fuego suspende
la pasión. ¡Luz es sola!
Mirad cuán puro se alza
hasta lamer los cielos,
mientras las aves todas
por él vuelan. ¡No abrasa!
¿Y el hombre? Nunca. Libre
todavía de ti,
humano, está ese fuego.
Luz es, luz inocente.
¡Humano: nunca nazcas!

El poeta

Para ti, que conoces cómo la piedra canta,
y cuya delicada pupila sabe ya del peso de una montaña sobre un ojo dulce,
y cómo el resonante clamor de los bosques se aduerme suave un día en nuestras venas;

para ti, poeta, que sentiste en tu aliento
la embestida brutal de las aves celestes,
y en cuyas palabras tan pronto vuelan las poderosas alas de las águilas
como se ve brillar el lomo de los calientes peces sin sonido:

oye este libro que a tus manos envío
con ademán de selva,
pero donde de repente una gota fresquísima de rocío brilla sobre una rosa,
o se ve batir el deseo del mundo,
la tristeza que como párpado doloroso
cierra el poniente y oculta el sol como una lágrima oscurecida,
mientras la inmensa frente fatigada
siente un beso sin luz, un beso largo,
una palabras mudas que habla el mundo finando.

Sí, poeta: el amor y el dolor son tu reino.
Carne mortal la tuya, que, arrebatada por el espíritu,
arde en la noche o se eleva en el mediodía poderoso,
inmensa lengua profética que lamiendo los cielos
ilumina palabras que dan muerte a los hombres.

La juventud de tu corazón no es una playa
donde la mar embiste con sus espumas rotas,
dientes de amor que mordiendo los bordes de la tierra,
braman dulce a los seres.

No es ese rayo velador que súbitamente te amenaza,
iluminando un instante tu frente desnuda,
para hundirse en tus ojos e incendiarte, abrasando
los espacios con tu vida que de amor se consume.

No. Esa luz que en el mundo
no es ceniza última,
luz que nunca se abate como polvo en los labios,
eres tú, poeta, cuya mano y no luna
yo vi en los cielos una noche brillando.

Un pecho robusto que reposa atravesado por el mar
respira como la inmensa marea celeste,
y abre sus brazos yacentes y toca, acaricia
los extremos límites de la tierra.

¿Entonces?
Sí, poeta; arroja este libro que pretende encerrar en sus páginas un destello del sol,
y mira a la luz cara a cara, apoyada la cabeza en la roca,
mientras tus pies remotísimos sienten el beso postrero del poniente
y tus manos alzadas tocan dulce la luna,
y tu cabellera colgante deja estela en los astros.

No existe el hombre

Sólo la luna sospecha la verdad.
Y es que el hombre no existe.

La luna tantea por los llanos, atraviesa los ríos,
penetra por los bosques.
Modela las aún tibias montañas.
Encuentra el calor de las ciudades erguidas.
Fragua una sombra, mata una oscura esquina,
inunda de fulgurantes rosas
el misterio de las cuevas donde no huele a nada.

La luna pasa, sabe, canta, avanza y avanza sin descanso.
Un mar no es un lecho donde el cuerpo de un hombre
puede tenderse a solas.
Un mar no es un sudario para una muerte lúcida.

La luna sigue, cala, ahonda, raya las profundas arenas.
Mueve fantástica los verdes rumores aplacados.
Un cadáver en pie un instante se mece,
duda, ya avanza, verde queda inmóvil.
La luna miente sus brazos rotos,
su imponente mirada donde unos peces anidan.
Enciende las ciudades hundidas donde todavía se pueden oír
(qué dulces) las campanas vividas;
donde las ondas postreras aún repercuten sobre los pechos neutros,
sobre los pechos blancos que algún pulpo ha adorado.

Pero la luna es pura y seca siempre.
Sale de un mar que es una caja siempre
que es un bloque con límites que nadie, nadie estrecha,
que no es una piedra sobre un monte irradiando.
Sale y persigue lo que fuera los huesos,
lo que fuera las venas de un hombre,
lo que fuera su sangre sonada, su melodiosa cárcel,
su cintura visible que a la vida divide,
o su cabeza ligera sobre un aire hacia oriente.

Pero el hombre no existe.
Nunca ha existido, nunca.
Pero el hombre no vive, como no vive el día.
Pero la luna inventa sus metales furiosos.

El Vals

Eres hermosa como la piedra,
oh difunta;
oh viva, oh viva, eres dichosa como la nave.
Esta orquesta que agita
mis cuidados como una negligencia,
como un elegante biendecir de buen tono,
ignora el vello de los pubis,
ignora la risa que sale del esternón como una gran batuta.

Unas olas de afrecho,
un poco de aserrín en los ojos,
o si acaso en las sienes,
o acaso adornando las cabelleras;
unas faldas largas hechas de colas de cocodrilos;
unas lenguas o unas sonrisas hechas con caparazones de cangrejos.
Todo lo que está suficientemente visto
no puede sorprender a nadie.

Las damas aguardan su momento sentadas sobre una lágrima,
disimulando la humedad a fuerza de abanico insistente.
Y los caballeros abandonados de sus traseros
quieren atraer todas las miradas a la fuerza hacia sus bigotes.

Pero el vals ha llegado.
En una playa sin ondas,
es un entrechocar de conchas, de tacones, de espumas
de dentaduras postizas.
Es todo lo revuelto que arriba.

Pechos exuberantes en bandeja en los brazos,
dulces tartas caídas sobre hombros llorosos,
una languidez que revierte,
un beso sorprendido en el instante que se hacía ‘cabello del ángel’,
un dulce ‘sí’ de cristal pintado de verde.

Un polvillo de azúcar sobre las frentes
de una blancura cándida a las palabras limadas,
y las manos se acortan más redondeadas que nunca,
mientras fruncen los vestidos hechos de esparto querido.

Las cabezas son nubes, la música es una larga goma,
las colas de plomo casi vuelan, y el estrépito
se ha convertido en los corazones en oleadas de sangre,
en un licor, si blanco, que sabe a memoria o a cita.

Adiós, adiós, esmeralda, amatista o misterio;
adiós, como una bola enorme ha llegado el instante,
el preciso momento de la desnudez cabeza abajo,
cuando los vellos van a pinchar los labios obscenos que saben.
Es el instante, el momento de decir la palabra que estalla,
el momento en que los vestidos se convertirán en aves,
las ventanas en gritos,
las luces en ¡socorro!
y ese beso que estaba (en el rincón) entre dos bocas
se convertirá en una espina
que dispensará la muerte diciendo:
Yo os amo.

Archivo

x